Eres esclavo de tu silencio y dueño de tus palabras.

Eres esclavo de tu silencio y dueño de tus palabras.

Si prefieres escucharme que leerme, aquí tienes el texto en audio.

La frase famosa es el revés, lo sé, pero creo que solo tiene razón en parte, y por eso le he dado la vuelta. Y además, me suele gustar llevar un poco la contraria, no te voy a engañar.

Analicemos un poco la frase original: se entiende bien que la afirmación de «Eres dueño de tu silencio y esclavo de tus palabras» hace alusión al compromiso que generan nuestras palabras con otra persona. Si yo te digo «Mañana te llamo.», tú vas a esperar mi llamada, y si no llega seguramente sentirás decepción, o alivio si no te apetece mucho hablar conmigo, pero en cualquier caso pensarás «Si no lo ibas a hacer, ¿para qué me lo dices?», ¿verdad?

Bien, tal y como lo veo yo, a eso se refiere el ser esclavo de tus palabras», porque con ellas generamos un vínculo, un compromiso, una conexión. Más o menos fuerte o importante, pero conexión y expectativa, al fin y al cabo, y más en este caso porque estamos haciendo referencia a algo que va a pasar en un futuro próximo, o sea, una llamada mañana.

En cambio, si me acojo a ese silencio del que soy dueña y no te digo que mañana te llamo, no generaré ese compromiso contigo, lo que hará que tú no esperes mi llamada y por lo tanto que lo haga o no será decisión mía y tú ni te enterarás de mi dilema interno. Ya que este texto va de frases famosas, sería aquello de «Ojos que no ven, corazón que no siente», pero transformado a «Oídos que no escuchan, mente que no espera», y no podrá haber decepción por tu parte porque no estabas esperando nada.

Tiene sentido, ¿verdad? Bien.

Este es un ejemplo algo irrelevante, es solo una llamada y si no es mañana a lo mejor será pasado mañana, puede no ser muy importante pero nos sirve como caso sencillo para entender el concepto.

Ahora te pido que te pongas en la piel de quién manda un mensaje, ahora eres tú quién quiere contarle algo a otra persona. Que sea algo que esté ocurriendo en el presente y, para rizar más el rizo, que además no sea muy agradable para ti. Pongamos por caso que no te gusta el olor del incienso que tu pareja pone en casa cada día, o que eres alérgica al perro de tu vecino con el que, casualidades de la vida, coincides cada dos por tres en el ascensor, o que el sueldo que acordaste con tu jefa ya no te compensa.

Bien, haz uso de tu silencio aquí: todas estas cosas que quieres decir, no las digas, quédatelas para ti bien guardaditas, que nadie las oiga.

¿Crees que te vas a sentir dueño de la situación, que vas a tener algún control sobre ello? ¿O más bien crees que esas situaciones que no te gustan se van a ir repitiendo una y otra vez y tú tendrás que vivirlo una y otra vez también?

Si no tienes clara la respuesta, ya te respondo yo: esas situaciones van a seguir repitiéndose. Y por lo tanto, tengo que decírtelo, tú vas a ser esclavo de ese silencio tuyo. Que te lo guardes para ti solo servirá para que tengas que pasar por ahí otra vez, aunque no haya mala intención por parte de la otra persona…simplemente no lo sabe, no tiene esa información y por eso no puede actuar al respecto para que tú te sientas mejor.

Te he puesto casos de situaciones algo desagradables a propósito, pero esto sirve también para las cosas positivas. Si no le dices a tu amigo que te encantó la cena que te preparó, a lo mejor no vuelve a preparártela. Si tu profesora no sabe que lo que te contó en clase fue revelador para ti, no profundizará en el tema contigo o incluso lo quitará de su programa por creerlo inútil. Si no le pides el número de teléfono a esa persona que quieres conocer, puede que no llegues a conocerla nunca. Un poco obvio, ¿no?

Tu silencio te deja a merced de lo que la otra persona piense, sienta o haga, y por lo tanto, repito, tú vas a ser esclavo de ello por, simplemente, no haber dado tu opinión. Si no la das, es imposible que el otro pueda tenerla en cuenta ya que lo de leer mentes ajenas todavía no lo llevamos muy bien.

¿Cuál es la buena noticia? Que sí puedes dar tu opinión. De hecho, la gran mayoría de las veces en las que no lo hacemos, nadie nos lo está impidiendo en realidad. O quizás sí hay alguien: nosotros mismos. Vaya, vaya.

Pero volvamos al acto de ‘dar tu opinión’. ¿Cómo podemos darla? ¿Cómo aportamos nuestro punto de vista? Me ves venir ya, ¿no? Claro, con palabras. ¿Y quién decide cuáles son esas palabras que salen por tu boca? Pues tú, obviamente. Tú eres dueño de ellas.

Solo tú puedes escoger lo que expresas, de la misma manera que escoges qué comes todos los días, qué ropa te pones, o a qué hora te levantas. Es una decisión más, así de simple.

Solo tú tienes el control sobre tus cuerdas vocales para ordenarles que emitan unos sonidos u otros. Otra cosa es que lo que hagas de forma consciente o en piloto automático, que ahí cada uno vea en qué punto está y si quiere hacer algo al respecto.

No digo que vayas sin filtro a partir de ahora, pero sí te recomiendo que uses ese filtro conscientemente y a tu favor, que tú lo controles.

Así que, sabemos que las palabras tienen mucho poder, que pueden generar un impacto muy significativo, y tú eres dueño de las tuyas. Eres dueño de tu silencio, sí, o sea de las palabras que no dices, pero también lo eres de las que sí dices. Escógelas conscientemente. 

Por otro lado, guardártelas para ti cual tesoro, mantenerlas en el silencio, ¿te da fuerza o te limita? ¿Te da poder o te hace esclavo? Te toca responder.

Y para meter un poco más el dedo en la llaga, ¿por qué te las estás guardando? ¿Es porque consideras que no son importantes? ¿Quizás para evitar un conflicto? ¿O es por miedito a exponerte y poner sobre la mesa aquello que llevas dentro? 

En otras palabras, ¿estás siendo dueño o esclavo?