Pisco, mi gran maestro.
Si prefieres escucharme que leerme, aquí tienes el texto en audio.
Pisco, además de ser un destilado que se usa en cócteles como el Pisco Sour, es también mi perro. Y sí, yo que no soy mucho de alcohol, le puse nombre de licor a mi peludo. La vida tiene estas cosas divertidas a veces.
No voy a hablarte de borracheras, ¡eh! Hoy quiero hablarte de Pisco, mi compi de vida.
Se dice que el perro es el mejor amigo del hombre, yo soy firme defensora de ello, y si además alguna vez has paseado por la calle conmigo sabrás que no sé cruzarme con uno sin pararme a saludar. Son mi debilidad.
¿Y por qué se dice que es el mejor amigo del hombre? Porque, resumiendo mucho, perros y humanos llevamos siglos compartiendo tiempo y vida. ¿Y cómo hemos conseguido eso? Aprendiendo a comunicarnos. De hecho, esto no solo ocurre con los perros obviamente, hay historias preciosas y supercuriosas de relaciones entre humanos y animales. Está demostradísimo pues que es posible comunicarse con un ser de otra especie, que las relaciones entre humanos y animales (de la familia que sean) existen, y que se pueden crear lazos superintensos. Puede que tú misma lo hayas experimentado ya si compartes tiempo con no-humanos.
¿Cuál es el factor común en todas esas ‘relaciones’ humano-animal? Primero, que el humano, por ser el que tiene la capacidad de razonar más desarrollada de los dos, ha sido consciente de que ese otro ser no tiene su mismo lenguaje, básicamente porque no es de la misma especie.
Después de esa primera toma de consciencia va la pregunta clave: «¿Quiero poder comunicarme con este otro ser? ¿Quiero tener una relación, del tipo que sea, con él?» Si la respuesta es sí, empieza la aventura.
¿Qué hizo el humano? Observar y estudiar para comprender, primero, y segundo adaptar su manera de comunicarse a ese lenguaje estudiado y comprendido para que el animal, en nuestro caso el perro, pudiera recibir e interpretar el mensaje.
Yo, de forma natural, también lo hice así para poder convivir con Pisco y tener una vida feliz juntos, tanto para él como para mí. Los perros siempre me han gustado mucho y creía que sabía bastante sobre ellos, pero fue Pisco en sus primeros días conmigo quién, lección 1, me dijo sin saberlo: «Querida, no tienes ni papa de lenguaje canino.»
Me puse a estudiar, digamos a nivel teórico, qué es el lenguaje canino a través de profesionales sobre el tema, y también le observé mucho a él y a sus colegas de parque. Y probé, probé mucho. Práctica, práctica y práctica…es decir, lección 2, paciencia. Y eso que Pisco es un buenazo, un poco ‘acelerao’, pero buenazo al fin y al cabo.
Ya hace más de 5 años que compartimos vida, y seguimos aprendiendo el uno del otro, seguimos reforzando nuestro vínculo, cada vez nos entendemos mejor. No sé cómo lo procesa él en su cerebrito, pero yo ahora sí sé que, lección 3, el tipo de relación que tengo con él la creo y la he creado yo. Y no lo digo como imposición, tipo «yo soy dueña y señora del perro» sino como que yo puedo decidir cómo es esa relación, cómo me comunico con él, qué le transmito, qué le enseño y qué me dejo enseñar. He entendido que cómo descubre él el mundo depende de lo que yo le muestre y cómo se lo muestre.
Pisco me ha enseñado a ser consciente de hasta dónde llegan mis conocimientos y habilidades, a tener paciencia para ir aprendiendo y mejorando, y a hacerme responsable de lo que quiero para él y para mí, para nuestra relación y convivencia.
Quizás no tengas perro, o no hayas convivido con otros animales…pero puede que tengas hijos, o sobrinos, o hermanos menores que tú, y hayas podido experimentar todo esto también. Nos sale de forma natural adaptar nuestro lenguaje a los peques y por ello nos hemos inventado historias como la de la cigüeña o la cuchara que se convierte en avión a la hora de comer. Hablamos con voz de pito, convertimos cualquier cosa en un juego para llamar su atención y escuchamos sus discursos con calma y sin enfados aunque no entendamos nada de lo que dicen.
Bien, animales y niños lo tenemos claro, ¿no? ¿Y qué pasa entre adultos? ¿Tenemos esa misma paciencia para observarnos, para probar y rectificar? ¿Nos hacemos responsables de nuestros actos y palabras? No siempre, ¿verdad?
Al considerarnos todos adultos damos por supuesto que usamos el mismo lenguaje (y no solo hablo del idioma) y nos escudamos un poco mucho en el «es el otro el que no me entiende, yo lo estoy diciendo bien». De adultos dominamos (en principio) la lengua, tenemos mucho vocabulario y construimos frases y discursos mucho más complejos que los niños, pero también nuestro sistema de pensamiento se hace más complejo, cada uno a su manera, en función de las experiencias vividas. El idioma puede ser el mismo, las palabras también, incluso los gestos, pero a estas alturas el bagaje que hay detrás de todo ello es mucho mayor. Así que, puede ser igual de difícil entenderse, como quizás hayas comprobado en tu propia piel.
Quiero, pues, remarcar aquí estas lecciones que Pisco, mi gran maestro, me ha enseñado y sigue recordándome: sé consciente de que el otro se comunica de forma diferente a ti, ten paciencia y los cinco sentidos abiertos para conocerlo y adaptarte a ello, tú decides cómo, y de ello dependerá el tipo de relación que tengáis.
Si quieres, puedes darle una vuelta tú también: ¿Te das tiempo para observar cómo se comunican otros adultos y te adaptas a ello para llegar a un buen entendimiento? En una relación con otra persona, ¿reconoces lo que quieres, lo que sí puedes cambiar, y lo haces de verdad?
Yo apuesto por tener esa misma actitud abierta y paciente que tenemos con los niños y con los animales, también entre adultos. Aflojemos un poco el orgullo y démosle espacio a la humildad, la flexibilidad y la responsabilidad.
