El superpoder de la pregunta.
A la típica pregunta de “Si pudieras tener un superpoder, ¿cuál sería?” siempre respondí “Ser invisible”. Me fascina la idea de poder estar en otros lugares sin ser vista y convertirme en espectadora silenciosa.
Pero en algún momento me pregunté: “¿Y para qué quieres tú no ser vista?” Pues…para saber qué dicen los demás cuando no estoy, para ver qué hacen en sus momentos a solas, qué les interesa, qué buscan…en definitiva, para conocer su auténtico ‘yo’, sin filtros, y así descubrir qué piensan realmente, qué sienten cuando nadie les ve, qué son cuando no llevan máscaras.
¿Un poco cotilla, quizás? Puede ser, pero sin maldad. Es curiosidad genuina.
Ah, espera…entonces… ¿Quieres ser invisible o poder leer la mentes ajenas?
Touchée.
Quiero saber qué hay en esas cabecitas, qué preocupaciones tienen, qué disfrutan, cómo hacen eso que se les da tan bien y no tan bien, cómo toman decisiones, cuáles son sus sueños.
Pero claro, la capa invisible no se ha inventado aún y leer mentes está solo al alcance de unos muy pocos, y yo no estoy entre ellos (todavía). Lástima.
Aunque… sí hay algo que podemos hacer los mortales para saber qué piensa la persona que tenemos enfrente, cómo está viviendo su presente, cómo ve la vida, qué ambiciones tiene…
Y es (redoble de tambores) PREGUNTÁRSELO.
Y me refiero a preguntárselo de verdad, no con un “voy a soltar una media indirecta a ver si lo pilla y ya veremos qué pasa”. No. Una pregunta real: clara, directa y empática (sí, las tres cosas a la vez).
A lo mejor tienes suerte y la otra persona te responde abiertamente y con sinceridad. Y si no es así, por lo menos sabrá que te interesas por ella, que no es poco.
Puede que sea un poco obvio pero…es que sin pregunta no hay respuesta.
